En los últimos años, la desparasitación se ha convertido en un tema cada vez más popular dentro del mundo de la salud y el bienestar. Para algunos, podría parecer una “moda” promovida en redes sociales. Para otros, representa una pieza olvidada dentro de los procesos de recuperación integral del organismo. Y más allá de las tendencias, vale la pena hacerte una pregunta importante:
¿Realmente estás considerando el impacto que pueden tener los parásitos y microorganismos oportunistas en tu salud física, digestiva, inmunológica y emocional?
Cuando yo estudié medicina, en atención primaria era imprescindible recomendar la desparasitación, como una medida preventiva y más aún con alta sospecha o evidencia de parasitosis intestinal. Yo estudié en República Dominicana, país con muchos contrastes, pobreza general y desafíos en la salubridad en una buena proporción de la población. Encontrar niños desnutridos, niños con “panzas” llenas de “lombrices”, era común, especialmente en zonas rurales. Aprender a desparasitar, manejar esos fármacos especiales y a la vez comunes era parte clave para nuestra formación y ejercicio.
Con el tiempo y la modernización, se ha ido perdiendo la práctica, que también aprendí en mi casa, de que todos, incluyendo el personal de servicio, se desparasitara cada 6 meses. Y en mi experiencia viviendo en USA, nunca he visto, escuchado, revisado en consulta, una persona que me diga el “médico me indicó antiparasitarios”. Mis médicos aquí tampoco me lo han propuesto y ni siquiera lo consideran importante.
Y para entrar en tema, lo primero es saber, que no importa que vivas en el Caribe, en Africa, en Europa, en USA, en el campo, en la metrópoli más moderna, estás expuesto a parásitos. La modernidad no nos salva.
Vivimos en un entorno donde la exposición a microorganismos es constante. Agua contaminada, alimentos mal manipulados, carnes poco cocidas, vegetales sin adecuada higiene, contacto con animales, viajes, alteraciones de la microbiota por antibióticos, estrés crónico y sistemas inmunológicos debilitados pueden favorecer un terreno propicio para desequilibrios intestinales y presencia de parásitos.
Muchas veces estos procesos no generan síntomas agudos evidentes, sino manifestaciones silentes y persistentes: inflamación, distensión abdominal, fatiga, anemia, alteraciones digestivas, picazón, cambios de apetito, problemas de piel, niebla mental o desregulación inmunológica.
Al hablar de desparasitación no quiero promover miedo ni asumir que todas las personas tienen infecciones severas. Tampoco promuevo protocolos extremos o sin supervisión de manera general. Quiero que reconozcas que la salud intestinal es uno de los pilares fundamentales del bienestar y que, en algunos casos, evaluar y tratar desequilibrios infecciosos puede formar parte de un proceso serio de recuperación metabólica, inmunológica y digestiva. También, que los parásitos migran y que no solo se trata del intestino.
Así como cuidas tu alimentación, tu sueño o tus niveles de estrés, desparasitarte periódicamente puede ser una estrategia preventiva y terapéutica valiosa, especialmente si tienes síntomas persistentes, antecedentes digestivos, inflamación crónica o exposición frecuente a factores de riesgo.
La clave está en hacerlo con criterio, evidencia, acompañamiento adecuado y una visión integrativa de la salud: no como una moda pasajera, sino como una herramienta más dentro del mantenimiento y restauración del equilibrio del organismo. Recuerda que eres un ser es único y tu individualidad debe ser mirada antes de darte indicaciones.